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La insoportable levedad del ser conformista

Clerici es un joven profesor de filosofía que encuentra en la Italia fascista de los años treinta el contexto social ideal para su malsana falta de iniciativa: un Estado que le dice qué hacer y qué pensar. Un Estado que se las ingenia fenómeno para reducir la voluntad de cada individuo hasta confundirla con la voluntad de la masa. Una masificación que se propaga de un modo tan exitoso que un alto cargo de la policía secreta fascista le sintetiza a Clérici el estado de las cosas: «Solo unos pocos creen en nosotros. ¿Por qué tanto apoyo entonces? Bueno, unos nos apoyan por miedo y otros por dinero».

Muchos se preguntan por qué tanta queja y malhumor social no se ven reflejado en las urnas. En la Argentina de éstos años el que gobierna gana las elecciones. Pasa en cada distrito en el que se vota. La continuidad le da una paliza al cambio en cada comicio. Y ya veremos si este año ocurre o no lo mismo pero hasta acá quién mandaba siguió mandando. A la hora de dejar los análisis macro y charlar cara a cara con los votantes del oficialismo, la idea de conformidad con el actual estado de las cosas aparece como un común denominador en las respuestas. Lo económico, algunas obras públicas o el relato. O las tres cosas juntas.

¿Está mal conformarse con lo que se juzga es un más o menos buen momento para el consumo y entonces subordinar a éso cualquier otro tipo de demanda? Claro que está mal. Un conformista es, ante todo, un cobarde que prefiere la comodidad de no comprometerse con el trabajo físico y mental que demanda el luchar por estar mejor. En todo caso, que peleen otros. Que se arriesguen los demás. Hay que ser un tipo de muy pocas luces para sostener que en un país que tiene el potencial que tiene la Argentina, alcanza con tan poco. Las sociedades no progresan por la aplicación de buenos planes económicos. Progresan cuando son exigentes. Y esa exigencia se transforma en el motor del cambio y en el fiscal cotidiano de un Poder que no la tiene fácil.

Paradojalmente a quienes gobiernan nunca les alcanza. Siempre tienen más Poder por alcanzar, nuevos negocios por hacer y más gente para acomodar. A los que los votan, en cambio, les alcanza con una calidad de vida más o menos miserable. Conformistas que eligen a insatisfechos. Llamativo, ¿no?

No son pocos los que critican el nivel de la dirigencia opositora. Lástima que no miden con esa vara a los que gobiernan. Que no son mejores que los que no gobiernan. Pero tienen Poder y “caja”, claro. Por otra parte se hace política con los actores que hay. Siempre fue así. Repasando la historia resulta ser que nunca se postularon ni el Mahatma Gandhi ni la Madre Teresa.

A ver. ¿Te imaginás a esta caterva de conformistas poblando la Francia de 1789? Votarían a Luis XVI, quién aplicando el plan «Pelucas blancas para todos» obtendría consenso. Seguiríamos siendo todos vasallos y nunca ciudadanos. ¿Y en la Buenos Aires de 1806 invadida por los ingleses? «Che, éstos ingleses liberaron el comercio y ahora mi local vende más que con los gallegos. Quedémonos con ellos», se habría razonado de modo pragmático. Con semejantes tipejos a Hitler le hubiera bastado con hacer una cruz esvástica tipo la de Santa Ana en alguna ciudad alemana y decir que se venía la Alemania turística creciendo más y «en paz». Pensemos sino en San Martín reclutando voluntades para cruzar los Andes. Su gesta se hubiera visto impedida por la pregunta que cada habitante le hubiera devuelto: «bueno, ¿cuánto hay para mí? Si me das algo te banco en el cruce». El Indio Andresito, Pancho Ramírez y Estanislao López serían simples «punteros» políticos de Artigas que servirían para juntarle gente. Con tristeza, Sarmiento hubiera observado como los maestros se afiliaban al gremio UDPM y aprobaban a cualquier adoquín para bajar el nivel de analfabetismo y repitencia. Espartaco se habría ahogado en el mediterráneo al enterarse que el romano Craso se ganó el favor de los esclavos dándoles la «Asignación Universal por hijo». O imaginemos a Napoleón presionando a los mensajeros diciéndoles: «ojo con lo que publican al llegar a París. En Waterloo ganamos». Martín Lutero conduciría el programa «6,7,8, Reforma contra la Iglesia hegemónica» y Stalin se hubiera ganado la admiración de los ucranianos organizando la feria futurista «Torturópolis», exhibiendo los más modernos métodos para hacer confesar a opositores. Nerón, al quemar Roma, habría declarado: «fue un cortocircuíto» (¿Qué en esos días no había electricidad? Bueno, en éstos días nos dicen que Nisman se suicidó).

Salud. Seguridad. Justicia. Educación. Siguen siendo los pilares para que un pueblo exigente obtenga calidad institucional y desde allí una aceptable calidad de vida. Que los que gobiernan se lleven tanto a cambio de tan poco no es ningún acto de inteligencia.

William Shakespeare sostenía que los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte. Me gusta pensar que el conformismo es una forma de cobardía.

Los cobardes mueren muchas veces. 

Y los conformistas también.

Walter Anestiades