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Edurado Pérez: *It’s the people, stupid…*

La perversa lógica de LLA: El rigor del Excel para los ciudadanos y la billetera del Estado para las élites.

En la mesa de entradas del poder actual, parece que solo se admite un lenguaje: el de las planillas de Excel. Para el gobierno, la economía es una abstracción de números que deben cerrar a cualquier costo, ignorando que detrás de cada cifra hay rostros, historias y, fundamentalmente, personas. Esta desconexión ha parido una lógica perversa: cuando el modelo arroja un éxito, el mérito es del mandatario; cuando el sistema asfixia, la culpa es de la supuesta irresponsabilidad del ciudadano.

La muestra más cínica de esta visión es el llamado *»efecto mundial«*. Mientras el 50% de los hogares cae en la morosidad, la respuesta oficial es tratarnos como niños, alegando que las familias se endeudaron de forma tonta para comprar televisores.

Es una forma de negar que el problema es sistémico, reduciendo una crisis de subsistencia a un mero «descuido individual». Para los funcionarios que miran la realidad desde la comodidad de Puerto Madero o a través de la ventanilla de un avión, el Estado es un «estorbo» porque ellos no necesitan rutas ni servicios públicos; para ellos, el sufrimiento en Tres Capones o Colonia Aurora simplemente no figura en sus celdas de cálculo.

La hipocresía alcanza su punto máximo con la redefinición selectiva de la *justicia social*. El presidente Milei la califica como un «robo», una «atrocidad» y una «aberración» cuando se trata de asistir a los sectores vulnerables, argumentando que el Estado no debe intervenir en «asuntos entre privados».

 

Sin embargo, ese purismo de mercado desaparece cuando los que están en problemas son los bancos. Allí, el discurso cambia: se utilizan los fondos de la *ANSES* —el dinero de los jubilados— para rescatar a «amigos» financieros ante sus descalces de plazos, justificándolo, paradójicamente, en nombre de la «justicia social».

Pero el «dato» que ninguna planilla oficial quiere registrar es el *costo humano*. Mientras diputados como Diego Harfield aseguran que «no hay pruebas» del endeudamiento sistémico, la realidad en Aristóbulo del Valle ofrece un testimonio desgarrador: Natalia, una mujer desesperada tras sufrir el corte de luz y agua por falta de pago, pensó en quitarse la vida en un precipicio del Cuñapirú, y hasta dejó una carta de despedida a sus hijos.
Para el Excel, Natalia es un error estadístico; para la realidad, es el grito de una sociedad que ya no tiene de dónde recortar.

Gobernar solo para el balance contable no es una proeza técnica, es una *crueldad política*.

Negar la deuda de la gente mientras se rescata a los poderosos demuestra que el gobierno ha olvidado la premisa básica de cualquier contrato social.

No se trata de televisores impagos ni de «asuntos entre privados»; se trata de una soga al cuello que está cobrando vidas.
Si el poder no entiende que detrás del Excel está el pueblo, tarde o temprano la realidad le recordará, de la forma más dura, que lo importante no son los números, sino la gente.