Hacia la aniquilación simbólica del otro. El flamante antirovirismo no es solo por el desplazamiento de su histórico puesto de conductor; sino que ya parece ser por la remoción del cuerpo político hasta la negación del espacio mínimo.
Para aquellos escépticos que preferían interpretar estas señales como un teatro de sombras o un simulacro de crisis, la realidad de los hechos en la Legislatura provincial ha sido demoledora.
La política ha abandonado la abstracción para volverse física, casi biológica: «ni la silla le dejaron», así se podría titular el resultado político de la última sesión de la Legislatura provincial.
Y esta definición podría funcionar fácilmente como un epitafio de la concordia, desde la cual Carlos Rovira gobernó durante más de 23 años
Esto también resume una voluntad de aniquilación simbólica del otro que trasciende lo meramente político.
Ya no es solo el desplazamiento de un cargo; es la remoción del cuerpo, la negación del espacio mínimo y la consumación de un destierro político en tiempo real.
Lo que estamos presenciando en la provincia de Misiones no es un evento aislado, sino un «nuevo momento» para el cual, quizás, ni la sociedad ni la propia clase dirigente están plenamente preparadas. Durante décadas, la política local se rigió por un código de confrontación contenida; ordenada por el mismo Rovira y ni siquiera con la oposición más férrea se llegaba a los niveles de acusación y pelea descarnada que observamos hoy, especialmente en los cuestionamientos dirigidos hacia la figura de Rovira.
Este escenario marca el fin de un largo proceso que comenzó tras la crisis de 2003 con el nacimiento de la Renovación.
Y hasta resulta ser una ironía histórica y casi circular, ya que quien hoy se encuentra en el epicentro de las críticas fue el mismo que, hace dos décadas, dinamitó el orden vigente bajo el grito de «basta de capangas» contra Ramón Puerta.
La virulencia actual aún no ha superado aquel antecedente que borró del mapa electoral a Puerta y los partidos políticos.
Pero también la discusión actual comenzó tras una estrategia una del propio Rovira con la creación de Encuentro Misionero por fuera de la renovación, e irónicamente hoy se ha transformado en una “declaración de guerra” en su contra.
La degradación del diálogo político no fue súbita, sino una progresión meticulosa de hostilidades. El camino recorrido es claro: primero asomaron las diferencias, luego se instalaron las críticas abiertas, que derivaron en una ruptura irreversible para culminar en lo que hoy ya no se puede llamar de otra forma que guerra.
Cuando la política deja de ser el arte de la mediación para convertirse en un campo de batalla, los actores dejan de ser representantes para transformarse en “ejércitos”.
En esta lógica de «guerra total», la ocupación del espacio físico (como el arrebato de una silla y un estación en el recinto de la legislatura) es el síntoma definitivo de que ya no se busca convencer al adversario, sino suprimirlo.
El costo es el campo de batalla
Esta contienda, sin embargo, no es un juego de suma cero donde alguien sale indemne. La guerra, por definición, arrastra consecuencias tanto para los vencedores como para los vencidos.
En ambos «ejércitos» habrá caídos y heridos, marcas que quedarán grabadas en la estructura institucional de la provincia por mucho tiempo.
Pero el aspecto más preocupante de esta confrontación es el destino de quienes no portan uniforme político.
En la frenética construcción de esta escalada, la dirigencia debe cuidar que los ciudadanos misioneros no sean desplazados al margen, y mucho menos que queden reducidos a la trágica categoría de «daños colaterales».
Misiones ha entrado en la era del conflicto abierto, y mientras la política se vuelve física y se disputa una el verdadero poder, la sociedad observa cómo los puentes del diálogo se incendian, dejando tras de sí un vacío que ninguna victoria militar-política podrá llenar fácilmente.
Editorial: Eduardo Pérez